Bertín nació en una aldea cualquiera, y como cualquier recién nacido, sus primeros meses de vida fueron un tanto desconcertantes. Rodeado de gente que la mayoría no hablaban su idioma, en una ocasión, en la aldea de al lado, conoció a otro muchacho, Chango, con el que emprendió un viaje por tierra para conseguir madera para construir un barco y con el que hacerse a la mar: ambos eran inquietos, y la tierra firme no les aportaba suficiente motivación para sus mentes inquietas.
En una de sus idas y venidas, se les unió Ratín, al tiempo que Chango empezó a enfermar de sueño. El pobre se quedó en un rincón, los pájaros le picoteaban los harapos y él no reaccionaba. Ratín y Bertín le alimentaban, tenían la esperanza de que un día iba a despertar, pero casi por instinto decidieron poner todos sus esfuerzos en cumplir el sueño de Chango, como quien cumple con la última voluntad de un moribundo: construir un barco al que llamarían "Chango I".
Para ello, llegaron a una aldea en medio del bosque, completamente arrasada. Sus edificios estaban saqueados y había cadaveres de gente de todas las edades, todos ellos asesinados a hachazos. Terrible. Todo ello ya premonizaba algo... pero los 2 veinteañeros no supieron ver las señales que los Dioses les mandaban.
Tras muchos días de duro trabajo consiguieron reunir suficiente madera para construir su barco y, dejando a Chango durmiendo y bien aprovisionado de comida, salieron cargados de madera en busca de nuevos destinos donde comerciar y conseguir el preciado metal: hierro.
El primer puerto donde pararon parecía un lugar tranquilo, desértico, muchos edificios, abundantes recursos pero totalmente en silencio. Tras acampar en un campo de la aldea, se dispusieron a descansar. Durante la noche, mientras dormían, empezaron a oir extraños ruidos. Bertín no le dio importancia. La puerta de uno de los edificios se abrió y salió un extranjero joven, fuerte, hacha en mano. Ratín tuvo tiempo de despertar y salir corriendo a refugiarse al barco, pero Bertín no tuvo tanta suerte. Cuando despertó de nuevo se encontraba en una cárcel mugrienta, llena de cadáveres. Maldita la hora en que no pensó en hacerse una palanca!
El maldito extranjero entraba a diario en la celda, golpeando a Bertín, tanto que le dejó casi moribundo. Finalmente, consiguió negociar con él, le proponía trabajar para él reparando cosas, construyendo lo que quisiera, a cambio de comida, con el objetivo de ganar tiempo para que Ratín pudiese reclutar una tripulación que viniera a su rescate. Pero a pesar de que Ratín le hizo llegar una carta avisando de que estaba intentandolo una y otra vez a pesar de sufrir los golpes del extranjero, Ratín no consiguió su objetivo. Al contrario, tras intentarlo varias veces sin exito, pudo más la rabia del extranjero que el beneficio que podía sacar del trabajo de Bertín, con lo que una madrugada entró en la celda y sólo le dijo "Tu compañero ya me ha enfadado lo suficiente y ahora lo vas a pagar tú".
Un golpe certero con su hacha asesina puso fin a casi un mes de penoso cautiverio. Ahora Bertín es un cadaver más de esa celda mugrienta. El cadaver de un veinteañero. Descanse en paz.
